viernes, 19 de enero de 2018

Esquivar Caca



Hace unas semanas camino hacia el colegio de mi hijo C.J me encontré un sinfín de caca de perro, basura, agua empozada, huecos, y todas esas cosas lindas que abundan en esta Patria bella. Sentí una mezcla de rabia, dolor, tristeza e indignación al ver a un pueblo que estaba caracterizado por su belleza y limpieza en esta condición. También me preocupé por cómo sería el camino de regreso con el chamo, que por su naturaleza no iba a venir con la cautela de mirar lo que pisara. No era sólo un tramo, te digo que eran todas las nueve o diez cuadras que atravieso: todo era asqueroso. Ya cuando estaba por llegar a mi casa logro leer un titular en un periódico que una señora tenía abierto: “Encuentran familia sepultada en La Calera”.


Entré a la casa con todos esos sentimientos encontrados, pensando en mis hijos y el contexto que los rodea. No, no estoy hablando del país solamente. Hablo del mundo cruel que sigue cayéndose a pedazos al tiempo que gira. Te confieso, por un segundo estuve a punto de caer en profunda desesperanza cuando recordé que aunque todo esté lleno de caca, no estoy condenada a llenarme de ella. Sí, estoy expuesta y corro un riesgo, de hecho, cuando ya estaba terminando mi trayecto comencé a pensar que había pisado algo, porque sentía un olor extraño y sin dudar un momento revisé mi zapatos que gracias a Dios estaban ilesos.





 En el resumen de la Ley Hebrea, Moisés le dice al pueblo de Israel: “Harás lo bueno y lo recto ante los ojos de Jehová”. Usando este principio, Josh McDowell enseña que la integridad es hacer lo correcto aún cuando nadie te está mirando. Lee bien, te hablo de tener una norma de vida que rige el comportamiento aún cuando no hay espectadores. Puede parecerte puritano, pero el meollo del asunto está en que en esta sociedad en la que la anarquía se ha vuelto norma, es necesario que hombres y mujeres tengamos la capacidad de mantenernos firmes en nuestros principios y valores, y podamos marcar la pauta, aunque sea a nuestros hijos. Si seguimos en esta onda de relativismo extremo en el que cada quien hace lo que le parece, pues seremos como cavernícolas en unos quince días.


Con respecto a esto, vale la pena mencionar dos cosas. Lo primero es que aunque haya mucha caca a mi alrededor no estoy obligada a pisarla. Es decir, corro el riesgo de hacerlo, pero no tengo por qué. Veo con preocupación a la gente justificando lo malo basándose en que todos lo hacen, o que no tienen de otra. ¿Por qué? Ciertamente hacer lo malo puede producir gratificación inmediata, pero si no recuerdo mal, esta humanidad está así por el pecado, por infringir las normas establecidas por el Creador. A la larga, romper las reglas trae consecuencias incluso mortales. Por algo el profeta Jeremías le advierte a su pueblo que vuelva a la senda antigua, unos años antes de caer cautivo ante Babilonia. ¿Quieres saber por qué estamos así? Pues la respuesta más acertada es que hemos decidido como sociedad tolerar la caca, y no hacer el mínimo esfuerzo por esquivarla.




Lo segundo y más importante es que es posible limpiarse la caca. No voy a ser hipócrita y santurrona asegurándote que jamás he pisado caca. Hablo figurativa y literalmente. Me ha pasado, y aquí estoy para contarlo. Si has pisado caca al ceder a lo que el gentío hace, pues piensa bien a dónde vas, y mira quién está siguiendo tus pasos. Hoy día la valentía va más allá de realizar hazañas en vitrinas. En tiempos en los que lo privado es de dominancia pública, es importante cultivar el aprecio por lo trascendente, aunque no esté colgado en una vitrina. Somos héroes en lo cotidiano cuando nos enfrentamos a los gigantes de la mediocridad, el desorden, la intolerancia, la violencia y la injusticia, y lo hacemos mediante pequeños actos que marcan la diferencia. Y déjame decirte algo: siempre valdrá la pena hacer lo correcto.



viernes, 10 de noviembre de 2017

Estación Errada




Hace unas semanas estaba viajando a través de la línea 1 del Metro de Caracas. Cuando el tren llegó a Plaza Venezuela, una señora, a quien llamaré Doña Lucía para los efectos dramáticos de mi historia, se levanta de su asiento y pregunta: “¿Esto no es Sabana Grande?”. Todos a su alrededor voltean y un señor le dice: “No, señora, es que lo que dice el operador está mal, viene desfasado”. Bueno, la doñita se bajó en Colegio de Ingenieros para tomar el tren de regreso. Si estás perdido, el mapa de mi ilustración te sirve para entender mejor. Lo que asumo pasó fue que en un punto, activaron el sistema de anuncios en la estación incorrecta, de manera que la estación que anunciaban era la anterior, la que ya habían pasado.





Mientras pensaba sobre qué te escribiría hoy, día de mi cumpleaños número 35, me recordé de este episodio. Verás, el deseo más grande de mi vida ha sido el mismo desde mis doce años: estar en el lugar que Dios determinó para mí. Mientras que el temor más grande es lo opuesto: pasarme la estación y llegar a un sitio no destinado. La cosa es cómo saberlo. Es decir, cómo saber que no estás en la estación errada, cómo saber que la ruta tomada me lleva al destino divino, y que si llegase a equivocarme podría bajarme del tren y tomar el otro que va dirección Palo Verde. O incluso cambiar a otra línea de ser necesario. De manera que estuve analizando todo el episodio para extraer unas lecciones.


Lo primero que veo es que Doña Lucía sabía a dónde iba. Si bien se equivocó, ella tenía un destino establecido. No se montó en el tren para pasear e ir a la ventura. Eso es importantísimo. Si sé a dónde voy, pues podré hacer planes claros y tendré en mente un destino final. Siempre recuerdo la ilustración de un pastor que tuve que hablaba de un piloto que saludaba  a sus pasajeros y les decía que no sabía exactamente a dónde aterrizarían ni cuánto tiempo tardarían en llegar a su parada final. Es una cosa sin sentido, pero cabe preguntar: ¿Sabes a dónde vas? ¿Sabes en cuál estación tienes que bajarte? Si sabes eso, sabes a dónde no debes pararte. La mujer del flujo de sangre de las que nos hablan Marcos y Lucas tenía una sola cosa en mente: tocar el manto de Jesús. No había otra alternativa para ella.





Ahora bien, el error que cometió Doña Lucía es lo que para mí constituye la lección número dos. Ella se guió por factores externos y no tuvo la perspicacia de llevar ella misma su cuenta. Se confió en la voz del sistema operador. Dándole aplicación inmediata al asunto, es bueno revisar qué “voces” son nuestra guía. Sabiendo a dónde vamos, podemos con contundencia descartar toda influencia que nos aleja de nuestro destino. Y retomando el caso de la señora con la regla vitalicia, veo en ella una determinación que venció los estereotipos,  las convenciones sociales, y hasta las leyes. No estoy motivándote a ser un forajido, de eso ya tenemos suficientes. Sólo creo que es vital que identifiques qué y/o quiénes te indican el camino, y hasta dónde eso comulga con lo que tú ya te has fijado como meta. No todo el que va contigo va hacia el mismo lado, y no tiene por qué hacerlo, así como tú tampoco debes ir a dónde va.


En este punto cabe la pregunta: ¿Ella era parte de tu destino? Pues a eso debo decir que definitivamente sí. Ella fue el instrumento de Dios para montarme en el tren que me llevará a la estación que Él ha destinado para mí. Es que no te he dicho lo más importante de todo esto. Sé que sonará extremo y fanático, pero en realidad no me importa que me veas así. Si quieres estar en el lugar que Dios destinó para ti, necesitas dejar que Él te lleve. Simple y complejo a la vez. “Carolina, pero ¿qué hay de mi libre albedrío?” Sigue estando allí, es tuyo tuyito, pero tienes la opción de entregarlo y rendirlo a los pies del Creador.






La verdad es que a esta edad ya no recuerdo cuántas veces he pedido a Dios hacer su voluntad en mi vida, y en ocasiones me ha sorprendido con el ácido de un limón, pero luego entiendo que me está enseñando las bondades del papelón. Estoy profundamente agradecida a Él por amarme y guiarme. Sigue siendo mi más grande deseo nunca errar de estación.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Bolsas Plásticas


Hace unas semanas estuve en la jungla para el control oftalmológico de Ella. Déjenme decirle que la chama está progresando significativamente de la vista, gracias a Dios. Sin embargo, saliendo de la consulta, la nena se ha dado una gran vomitada. Sí, lo sé, suena asqueroso. Peor es vivirlo. Pero no es del vómito de lo que voy a hablar.

Quien te escribe siempre carga una o más bolsas plásticas encima. Nunca boto las bolsas, tengo un estricto sistema de clasificación para ellas, lo que es un motivo de chanzas constantes de mi esposo. Tener bolsas es una costumbre que ha pasado de generación en generación entre las mujeres de mi familia. Sin embargo, como la vida sin eventualidades no es vida, ¿qué crees? Pues no llevé bolsas. Y no quiero darte detalles, pero fue desagradable. En cuestión de segundos estaba cuestionándome cómo es que yo, la siempre prevenida carga bolsas no tenía una sola. ¿Qué rayos pasó? ¿Cómo puedo ir a Caracas y no irme debidamente preparada?


De regreso pensé que así nos pasa con esas cosas intangibles. Siempre sonríes, pero el día que necesitabas tu tren delantero le gruñiste a la cajera que pidió ¡Clave!durante seis ocasiones seguidas. La lección que aprendí en es que nunca podemos dar nada por sentado. Asumí que como siempre cargo un montón de bolsas, pues tenía. Y creo que así sucede cuando por ejemplo crees que tienes todo bajo control, pero a la hora de la chiquita reaccionas contrariamente a tu naturaleza, porque no estabas realmente preparado, o porque lo que creías tener, no estaba. Fue allí cuando concatené con una premisa que se ha convertido en un recordatorio de mi humanidad; el gran Apóstol Pablo lo escribió en una de sus cartas a los Corintios: “el que crea que está firme, mire que no caiga”.



Lee bien. No es el que está firme, sino el que cree estarlo. No quiere decir esto que tengo que estar firme, sino que tengo que tener consciencia de mi condición vulnerable. Eso que  he tenido siempre, me puede faltar. Puedo estar firme, pero es mejor que no crea estarlo, y esté muy pendiente que las cosas pueden salir mal por mi propio descuido. No dar nada por sentado es tener la madurez para reconocer que en la vida las cosas cambian, y que nuestro corazón nos puede engañar. Eso que siempre has creído tener puede no estar preciso cuando lo necesitas y allí se pone a prueba cómo reaccionarás. Esa reacción puede marcar el curso de los acontecimientos.


La pregunta es ¿por qué no va estar? Pues, porque no lo cargas contigo. A lo largo del camino vamos soltando las cosas, y no nos damos cuenta que ya no están. A mí se me acabaron las bolsas y no me percaté, porque no le presté atención al asunto. Podemos quedarnos sin cosas y no darnos cuenta: una amistad, un buen hábito, la salud, y un montón de cosas más que no puedes ver de manera concreta, pero que representan un activo en tu vida. Esos elementos que siempre han sido tuyos, pero que por algún motivo no has tenido la diligencia en cuidar últimamente. Revisa el morral de tu vida, y si no están, vaya y búsquelos. Si siempre lo has cargado, algo bueno deben tener.


En una cultura que nos impulsa a la negligencia hacia lo valioso, necesitamos ser personas comprometidas a llevar una vida de autoanálisis, en la que buscar ser siempre mejor sea un estilo de comportamiento. Allí hay una ración de papelón para el limón de un mundo mediocre. Sin embargo, la manera más eficiente de empezar a hacerlo es incorporando a tu vida Mi Ingrediente Secreto.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Creyón Blanco





Hace unos días estábamos en la iglesia, y mi hijo C.J quería colorear. Él no tiene los tres años aún, de manera que hay algunos conceptos que no entiende bien del todo. Agarró los creyones y empezó a hacer rayas de distintos colores, pero cuando trató de usar el creyón blanco se ofuscó muchísimo al ver que por más que “rayaba”, nada pasaba. Le ofrecí todos los otros 64 colores, pero él quería ese. No he dejado de pensar en el episodio desde entonces. Me identifiqué con él, porque he experimentado ese tipo de frustración. 


La frustración es un sentimiento muy dañino, porque te quita las ganas de esforzarte. Yo peleo contra él todo el tiempo. Le meto el pecho a algo y el resultado es decepcionante. Sí, me pasa. Las  cosas no salen como yo quiero, o como esperaba. A veces, ni siquiera salen. Pero me he dado cuenta que cuando me frustro se desencadena una serie de pasiones no saludables, y si no soy cuidadosa puedo perder la perspectiva y terminar encerrada en un círculo vicioso y amargo. Aquí no te quiero decir cómo no frustrarte, sino cómo puedes actuar cuando te frustras. Recuerda que sólo te ofrezco un consejo, no soy gurú, ni coach de vida, y tampoco me las sé todas más una.




Lo primero que yo hago cuando me frustro es detenerme. El primer lugar en el que se anida la frustración es en tu cabeza. Cuando permites en tu mente pensamientos de incapacidad y desesperanza, tu frustración comienza a inflarse. Así que cuando viene el deseo de sentarse a amapuchar tu frustración, haz un alto y baja la Santamaría, no dejes que se instale en torre de control. Si no lo haces, habrás caído muy bajo para cuando te des cuenta que estás mal. Espabílate y detente.



Lo segundo que hago para salir del ciclo de la frustración es reconocer. ¿Reconocer qué? Pues reconocer mi estatus, reconocer qué recursos utilicé, hacer inventario de daños y ver qué hay. En esas a veces me doy cuenta que el creyón no era tan blanco después de todo, o que no es que el creyón era blanco, si no que no tenía punta. Allí también reconozco mi humanidad. Te he contado que mi complejo de súper mamá latina me joroba de vez en cuando. Reconocer también te enseña qué camino no tomar nuevamente, y te lleva a perdonarte.



Lo tercero que hago cuando quiero sacudirme la frustración es empezar nuevamente. Eso implica casi siempre planear sobre el resultado inesperado. No es abandonar tus metas, no es renunciar a tus sueños, es tomar otros senderos para llegar a ellos. Yo no planifiqué que Ella tuviera una condición especial, pero la vida me premió y me dio el privilegio de cuidarla. Ella es un recordatorio constante de que no podemos dejar a la frustración ganar. Su capacidad de lucha prueba que los seres humanos estamos diseñados para triunfar, y que el primer lugar en donde lo hacemos es en el departamento de las actitudes.






Así que, no te diré que no te frustres. Eres humano, y es normal. Lo que no te recomiendo de ninguna manera es que dejes que la frustración te tumbe en la lona y te robe las ganas de luchar. Es mejor fracasar intentando que menguar de negligencia. Y si en algún momento consideras echarte a morir de frustración ve hacia los lados, allí están tus chamos, allí están tus sueños, allí está un futuro por el que pelear. ¿No tienes fuerza? Pues, no dejaré de ofrecerte mi Ingrediente Secreto. Ya esta vida tiene suficientes limones para que le agregues más.


viernes, 14 de julio de 2017

Crecimiento y Dolor




Aparte de la locura nacional, estoy atravesando en este momento por lo que llamo un valle. Atravieso el valle con una pesada carga. Al mismo tiempo, estoy experimentando grandes alegrías por los avances de Ella. Mejora cada día más. Se pone traviesa, explora más, está más alerta, más parlanchina.


En los últimos días hemos tenido que pasar por procesos de ruptura de diferente índole, y todos implican cambios y crecimiento. Estuve recordando cómo me sentía cuando empecé a vivir la pubertad, y le pregunté a mi esposo cómo fue para él, porque la experiencia es distinta para hombres y mujeres, pero para ambos es dolorosa. Sin embargo, esa transformación tiene un efecto positivo, y significa moverse a otra etapa.



¿Recuerdas cuando comenzaron a crecerte los senos? Era un dolor espantoso. Si eres hombre, no puedes hacerlo, pero quizá sí recuerdes perder tus pantalones en cuestión de semanas. Mi esposo mide más de 1,80 y dice que cuando se estaba desarrollando tenía mucho dolor en las piernas. No hablemos del acné, los gallos, la inestabilidad emocional y la falta de identificación con un grupo: odias a los niños, odias a los jóvenes, odias a tus padres, y odias la vida.  Pero al pasar el tiempo te das cuenta que no eres el mismo, cambian tus intereses y perspectivas. Es decir, creces.




Veo a Ella y a su hermano y me veo en el espejo. Tengo más canas y también más sabiduría, y aunque no estoy al punto de decepción del gran Salomón, sí entiendo que en esta vida todo pasa, el tiempo vuela, las etapas deben vivirse al máximo, porque como dicen por ahí: no volverán. Y eso, reconozco que me duele, pero también me hace reflexionar que si este maluco valle es irrepetible, pues me hará crecer como lo han hecho todos los demás.


Crecer duele porque sales de tu zona de confort y te aventuras a lo desconocido. Crecer duele porque tienes que desprenderte de conceptos y formas de hacer las cosas para adaptarte al nuevo tiempo. Crecer duele porque siempre es más satisfactorio tener la certeza del destino, que lanzarte a la incertidumbre. Crecer duele porque a veces ese crecimiento es producto de un guamazo inesperado. Crecer duele porque implica desapegarse a los planes propios y ajustarse a los que la vida te impone.  Y a veces, el dolor lo produce la vida misma, a quien le impones tus planes después de pelearte con ella.





Sin embargo, el fruto que produce el crecimiento es mucho más valioso y enriquecedor que la terrible experiencia. Cuando creces descubres tu potencial, expandes tus horizontes y es difícil involucionar si realmente creces. Aquí, en este valle me chupo un limón, pero sé que de estas cosas conseguiré un papelón, de ese con el que también haces besos de coco. No me resigno a pasarla mal, sólo porque me duela. He aprendido a sonreír  cuando duele. Sigo aprendiendo a hacer papelón con limón. 

jueves, 22 de junio de 2017

Feo pa' la Foto



Los que vivimos en Venezuela estamos atravesamos un difícil momento. Estamos en una guerra atípica, pero guerra al fin. Hay confusión, muerte y daños colaterales. Mientras todo está agitado, la vida sigue transcurriendo, también con sus agites, y las aflicciones se han incrementado, porque aparte de nuestras penas particulares, hay una pena nacional que se entrelaza y complica la existencia y la cotidianidad. Tengo muchas semanas sin ir a la jungla caraqueña, y creo que no hay necesidad de explicar razones.

Los papás especiales hablamos de lo mismo: el medicamento que no hallamos, la cita médica que perdimos, el doctor que se fue del país, los trapos que usamos en lugar de pañales, el alimento de la dieta del chamo que se quintuplicó en precio y otras cosas más traumáticas.  Nuestra presión diaria se ha incrementado, y como decimos aquí, estamos feos pa’ la foto. La situación de otros no es mejor, porque todos, sin excepción (incluso los que dicen que no pasa nada) estamos en oprobio.

Sin embargo, a mis más de 30 años te puedo decir que una de las lecciones que me ha dado la vida es que la dificultad ejercita ciertos músculos emocionales, y nos hace fuertes cada vez más. La Carolina de hoy tiene más temple que la de 2012, porque esta senda limonada me ha permitido someterme a un entrenamiento constante que me proporciona fortaleza para enfrentar con templanza el mal rato. ¡Ojo! No quiere decir esto que no haya nada que me quiebre, sólo que tengo un músculo emocional desarrollado. En ese contexto quiero darte tres consejos en esta crisis en medio de la crisis:

1.  Cuida lo que piensas. La mente es el centro de actividad más importante de tu cuerpo. En ella se rige el destino de tus acciones. Es fácil ahorita tener pensamientos de temor, pesimismo, negatividad, depresión, odio y venganza. No te lo permitas. Nadie es víctima de su mente a no ser que se lo así lo quiera. Tú decides qué pensar y qué no. Todo tu funcionamiento corporal cambia cuando eliges pensar bien.



2. Mantén tus convicciones. En tiempos de guerra los límites se vuelven borrosos. Es fácil ceder a hacer cosas incorrectas o inapropiadas cuando nos vemos en aprietos. Pero, no olvides que todo lo que hacemos deja una huella, y todo tiene consecuencias. En el calor del momento, por el impulso de lo colectivo o simplemente porque crees que te puedes salir con la tuya haces algo que contradice tu código, y aunque lo justifiques, no habrá excusas que te excluyan de los resultados de tus acciones.



3. Recuerda que todo es pasajero. Estos malos ratos van a pasar. Quizá tengan que venir peores ratos antes de que pasen, pero no serán para siempre. No hay mal que dure cien años, no todo es una desgracia y no hay motivos para creer que las cosas van a salir mal. Aún en medio de las cosas malas, florecen otras buenas. La Segunda Guerra Mundial fue el escenario perfecto para los avances tecnológicos que gozamos hoy día, eso para darte un ejemplo.


Así que, si como yo, estás feo pa’ la foto, no dejes de esperar lo mejor. Asume la mejor actitud ante esto, porque no tiene caso amargarte. El limón de esta crisis se suaviza con el papelón del optimismo. Yo particularmente he decidido no dejar que mis emociones y voluntad estén dominadas por los factores externos, sino que mi Ingrediente Secreto ha sido la clave para terminar cada día airosa, confiada en que todo obrará para bien.

viernes, 2 de junio de 2017

Sensación de Incapacidad




Como te dije en mi último post, una manera de resumir la paternidad en pocas palabras, es ser nuevo en algo todos los días. Ser nuevo implica que no sabes cómo lo estás haciendo, y que vas a embarrarla. La paternidad es un rol complejo, la paternidad de un niño con necesidades especiales es más compleja todavía. Ves a tu alrededor, te ves a ti en el espejo y te aduces algo. Es así. Y, si tienes una tendencia al perfeccionismo, como esta servidora, pues, siempre hay una sensación de incapacidad. Esas son las cosas que producen la culpa autoechada.  


Sin embargo, estoy convencida que todos tenemos lo que se necesita para abordar la tarea que se nos encomendó. Eso aplica para la mamá de cuatro que está embarazada, para la mamá de uno que vale por cuatro, para la mamá de uno de 14 que parece haber comido cuatro monstruos con desórdenes hormonales, o para la mamá de Ella. En esta tierra, luego que Adán comió del fruto (que por cierto, no sabemos a ciencia cierta si era una manzana) esta humanidad caída se apartó de la perfección, y todo lleva el sello de esa condición. Lo que hacemos es buscar de dar lo mejor posible para prevenir daños colaterales.


Así que enlazando esto con lo anterior, quiero decirte dos cosas más que te pueden ayudar a superar esa culpa autoechada:


3. Hay cosas que no dependen de ti. Estoy aprendiendo esta. Hay que recordar que la vida pasa, lo inesperado sucede, y porque es inesperado, no tenemos el control sobre ello. Hay un rango de acción que te pertenece, y hay otro que no. Te cuento un ejemplo. Mi hija Ella está dando avances a pasos agigantados este año, ya empezó a caminar con asistencia, y está fascinada con el asunto. Su actitud es: ¿Cómo que no había hecho esto antes? Pero, por otra parte, Ella te he dicho en otras ocasiones que es un murciélago en cuanto a sonidos se refiere, y eso la hace hipersensible a ciertos sonidos y ruidos, como el vallenato, para mencionar uno. En el momento que escucha cualquier cosa a su parecer desagradable, llora de manera incontrolable, y el llanto es bastante evidente. Ahora que lo pienso, quizá deba hablar con mi vecina, para que no crea que maltrato a la niña.

Puedo tratar de controlar algunos estímulos para no hacerla llorar todo el día, pero, si venimos en una camioneta de pasajeros, la chama va a llorar al escuchar la primera trompeta de Los Adolescent’s. El chofer puede cambiarlo a Tito Rojas, y llorará más todavía. La salsa no es de su preferencia, y ella muestra desagrado con llanto. No depende de mí ese mal rato. Me siento mal por Ella, pero tiene que desensibilizarse, me siento mal por los pasajeros, quienes si fueran escuchando un rock pesado o una guitarra española, no tendrían que escuchar la sirena de ambulancia que trae Ella. Nada de eso depende de mí, y me ha tocado aprender a lidiar con esas situaciones en grande y pequeña escala.



4. Es necesario saber perdonarse. Te he mencionado la importancia del perdón en otras publicaciones. El auto perdón no es ser indulgente contigo mismo, pero sí comprender que eres una persona de carne y hueso, aceptarlo y estar bien con ello. Recuerdo hace unos años que tratábamos de darle un atol a Ella y cuando vimos tanto rechazo, luego de haberle insistido múltiples ocasiones, nos dimos cuenta que estaba dañado. El calor tropical aragüeño lo había descompuesto. “Hija, perdónanos”, le dijimos. Queriendo hacer un bien, estábamos haciendo mal, sin darnos cuenta. Luego, nos tuvimos que perdonar a nosotros mismos.


 Hace un par de años no se dejaba los lentes puestos de ninguna manera. Empezó a quitárselos a cada rato. Te cuento que Ella usa lentes externos desde los 8 meses de edad y se acostumbró a ellos, en mi opinión, porque su cerebro sabe que sus ojos funcionan mejor así. Pero de un día para otro comenzó a quitárselos y no había forma que se los dejara puesto. Cuando el doctor la revisó, me dijo: “Esta fórmula ya no le sirve. No ve bien, por eso no se los deja”. Nosotros estábamos angustiados porque no veía bien, y sí, no veía bien, pero el problema era precisamente los lentes.


Todos le hemos hecho daño a nuestros hijos, casi siempre sin querer. Nuestros padres nos hicieron daño también. Esas cosas que les hemos hecho a nuestros hijos por ignorancia, falta de madurez, tomar el consejo equivocado, o simplemente el calor del momento, y que quizá han traído consecuencias a plazo, debemos aprender a perdonarlas. Insisto, salvo algunas excepciones, nadie planifica dañar la vida de su hijo.


Con esto quiero decirte que no dejes que la culpa te carcoma. No hay sentido en encerrarte en un círculo de malestar constante. La culpa es como una garrapata quitándote fuerza vital que puedes imprimirle a un proyecto más valioso. Eso no significa que nos escurramos los bultos de la vida, sólo que si queremos avanzar, necesitamos hacer como dijo mi escritor favorito del mundo mundial, el gran Apóstol Pablo: “Dejando lo que queda atrás, me extiendo a lo que está adelante…”





La aceptación de las cosas que no puedes cambiar es un papelón que administrar a nuestra vida limonada. Siempre que la incluyas como una política, te ayudará a sobrellevar mejor las cargas que nuestra condición humana nos impone. Sin embargo, para que esa condición humana se optimice, es primordial que utilices Mi IngredienteSecreto.